Carta abierta a Francia Márquez de las mujeres de la Corporación Anne Frank

Actualizado: may 1

Santiago de Cali 30 de abril del 2021



Respetada Francia Márquez Mina, conocedoras de su amplia trayectoria como activista social, política y ambiental, reconocemos su arduo trabajo como líder afrodescendiente colombiana del territorio ancestral ubicado en el Cauca y su estratégica participación como mediadora en la defensa del territorio de los proyectos extractivistas, de la minería aunque legal, inconstitucional, títulos otorgados por el Gobierno en el marco del conflicto armado y sin consulta previa, violando así la autodeterminación del pueblo negro caucano y exponiéndolos una y otra vez a la escalada paramilitar que sabemos, significó muerte, terror y despojo.


Por esta razón, sabemos de los terrenos borrascosos que ha tenido que atravesar con su familia y su comunidad para continuar y extender el grito de denuncia ante las políticas de muerte que silencian y ensombrecen los territorios racializados de la nación. En este sentido, destacamos también su imprescindible participación en el paro cívico de Buenaventura en el 2017, en el que valientemente y junto a otras mujeres hicieron presión ante la administración regional mediante la acción directa y pacífica en la Defensoría del pueblo en Cali, para que las voces de las personas negras en pie de lucha fueran escuchadas y la negociación exigida fuera asentada.


Felicitamos el merecido reconocimiento que simboliza el premio Goldman a la defensa y protección ambiental, y la manera en que para usted ha sido una plataforma en la que ha dado a conocer ante la comunidad nacional e internacional las constantes violaciones a los derechos humanos que sufren en Colombia las víctimas del conflicto armado interno y las y los líderes, lideresas y excombatientes quienes son asesinados y desplazados todos los días deliberadamente y en total impunidad. Reconocemos también su proceso como víctima del conflicto armado y su lugar de enunciación como mujer afrodescendiente, madre, líder social y activista política, pues sabemos que los lugares que se erigen para las mujeres y madres afrodescendientes es el empobrecimiento, el servilismo y el silencio, por eso, su voz significa un horizonte de esperanza para todas las mujeres del país.


En este sentido, desde Anne Frank ONG organización de mujeres víctimas y sobrevivientes de trata, explotación sexual y conflicto armado, en donde hemos trabajado durante 11 años en el campo del activismo, de las calles y la reflexión política por la defensa y protección de las mujeres y sus hijas e hijos en el marco de los DDHH, haciendo frente a un Estado patriarcal e indolente ante la situación social y económica de la mujer, en especial, de aquellas en las que la feminización de la pobreza golpea con más fuerza: las mujeres racializadas.


Deseamos invitarla al diálogo sobre un tema que más que un debate es una emergencia nacional, la trata de personas afecta principalmente la vida de las mujeres racializadas y migrantes. La prostitución de las mujeres y las niñas no puede verse como un fenómeno aislado de los rezagos esclavistas y colonialistas perpetuados en nuestro país, el mercado de la prostitución se nutre de los mismos principios racistas que el esclavismo, pretende expropiar a las mujeres de su dignidad y mantenerlas en lugares deshonrosos y serviles que devalúan su humanidad. Sabemos que la violencia sexual es una estrategia de guerra, así nos lo revelan los testimonios de mujeres negras abusadas en el marco del conflicto armado[1] donde la violación y la prostitución fueron las herramientas de las que se sirvieron los actores armados para silenciar a las mujeres y expulsarlas de sus territorios condenándolas así al desplazamiento forzado y rompiendo con esto el tejido comunitario.


Así aparece la prostitución de las mujeres y la explotación sexual de las niñas en las calles. Cuando eres mujer, desplazada, negra, pobre y joven, lo único que te ofrece el sistema es la venta de tu cuerpo. Y eso te ata a otras violencias, esta espiral nos suele arrojar a lugares muy angostos, en los procesos en la Corporación conocemos día a día mujeres con las mismas o similares características que luchan por construir un lugar propio a la medida de sus sueños, que siempre, suelen ser colectivos. Hacemos la reflexión desde cada una: “no vamos a salvar a todas las mujeres del mundo, pero si ayudamos a alguna, eso nos hace felices y satisfechas, por eso, por todas nosotras, encuentro menester este diálogo”.


Las sobrevivientes del conflicto armado y la violencia sexual merecemos protección especial, pero proteger no implica legalizar una violencia sistematizada atada a la cultura patriarcal y al racismo estructural, los proxenetas de hoy son los esclavistas del ayer, los unos fueron bajo el sistema esclavista prósperos señores y hacendados, los otros se convertirán hoy en exitosos empresarios pues también la prostitución es una política extractivista y necrófaga, que se lucra con las vidas de las niñas, niños, adolescentes y mujeres en los momentos en que la pobreza y la desigualdad se recrudecen, dicho sea de paso, la relación entre la trata de personas y el trabajo doméstico (resquicio del trabajo servil) ha sido completamente invisibilizada en Colombia, pero en otros países, estos matices entre una y otro son más claros, siento la trata un medio y el trabajo doméstico como forma de explotación laboral un fin, ¿y quienes sirven en las casas de los adinerados si no en su mayoría las mujeres jóvenes rurales racializadas?


Complicitar esto es aceptar que las vidas de unas mujeres están destinadas a la servidumbre y la explotación, ¿Qué madre pare a su hija deseando para ella la servidumbre y la prostitución como destino? ¿Y por qué son estas mujeres mayoritariamente pobres, negras y migrantes? ¿Por qué son los hijos y las hijas de estas mujeres quienes crecen expuestos a múltiples violencias? ¿Puede un estado que legisla para la muerte garantizar infancias dignas a los hijos de las sobrevivientes?


En verdad tenía razón Dworkin cuando decía que todas las mujeres estamos oprimidas, pero aquellas de nosotras que hemos tenido abuso sexual infantil o que hemos sido prostituidas llevamos cadenas muy cortas alrededor de nuestros cuellos. Otras mujeres que han tenido la fortuna de llegar a 16, 20 o 40 sin ser abusadas todavía llevan también una cadena, porque al ser mujeres, pertenecemos a una clase, compartimos opresiones, por lo que sus cadenas son más largas, pero siempre son las que usan cadenas más cortas, quienes se dan más, y quienes más trabajan para cortar las cadenas de todas. Por eso, las mujeres sobrevivientes del conflicto armado, la trata de personas y la prostitución deseamos hoy hacerle una invitación al diálogo amistoso y reflexivo sobre una problemática que nos atraviesa como mujeres negras y activistas políticas, preocupadas por las mujeres y el futuro de las infancias. Deseamos poder encontrarnos con usted en el espacio y tiempo que pueda disponer para nosotras, ya sea presencial o virtual, estamos accesibles a su disposición.


En la reunión participarán:

Una mujer víctima de explotación sexual de niños, niñas y adolescentes, hija de empleada doméstica.

Una mujer sobreviviente de violencia sexual, conflicto armado y explotación webcam.

Una mujer víctima del desplazamiento y el conflicto armado.

Una mujer sobreviviente de prostitución.

Una mujer víctima de trata de personas con fines de explotación sexual.


Con sentido afecto,


Claudia Yurley Quintero Rolón

Directora de la Corporación Anne Frank

Correo: corporacionannefrank@gmail.com


[1] Según la Unidad para las Víctimas el 9,8 del total de mujeres sobrevivientes del conflicto corresponde a afrocolombianas víctimas de desplazamiento forzado. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), la guerra en Colombia deja 4’151.416 mujeres víctimas. De ellas, 413.677 son afrodescendientes distribuidas así: 408.991 afrocolombianas; 786 palenqueras; y, 3.900 raizales (del archipiélago de San Andrés y Providencia). Ahora, de 15.076 víctimas de violencia sexual, el 91,6 por ciento de ellas eran mujeres, es decir 13.810 víctimas, mientras que 1.235 eran hombres. De estas víctimas, 1.197 se autorreconocen como afrocolombianas, 164 como pertenecientes a algún pueblo indígena, 4 como palenqueras, 2 como raizales y 1 como perteneciente al pueblo Rrom. Centro Nacional de Memoria Histórica.

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